“Me niego. Me rehúso a que me coman los buitres, voy a pelear hasta que se muera”.
Y si es hora de sincerarme, el no era lindo. Quizás hasta podría decirse que es un hombre feo y sin embargo su inteligencia te consume, te enamora, te pervierte, te desmorona. Era un gran orador, me convenció de cualquier cosa, le creí cualquier cosa y quizás hasta todavía le creo.
Sus maldades son tan sutiles que me es casi imposible explicarlas, deletrearlas, exponerlas porque si uno lo ve por la calle, no se da cuenta de nada. Un tipo común, que no llama la atención, que no tiene nada atractivo o alarmante. Es, a simple vista, un hombre cualquiera. Pero ¡pobre de aquel que se atreva a cruzar el umbral de su apacibilidad! De nuevo, es solo mi punto de vista. Quizás lo conocen, lo hayan visto y hasta hablado con él. Un ser perverso, un estafador de la mente. El hombre que amo.
Tengo la admirable (¿despreciable?) capacidad de borrar lo malo y recordar los momentos gratos. Así, aún después de escribir atrocidades acerca de él, puedo llamarlo por teléfono y hablar como si nada, con voz de enamorada y suspiros cariñosos. Sí, es lamentable. Por eso me costó tanto despegarme de él, por eso escribo: no quiero olvidar.
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